Recuerdo que, en una de las primeras conversaciones serias que mantuve con alguien a propósito de Burroughs, mi contertulio casi siempre coronaba a sus opiniones –o anécdotas o datos presumiblemente fehacientes o lo que diablos se terciara en torno al bueno de Bill– con un “el tipo estaba loco”. Hasta el tono sonaba manido, ya por aquel entonces, cuando un servidor ni siquiera llegaba a la veintena. Cierto es que no le contradije; más aún, creo recordarme respaldando tamaño juicio de valor con algún que otro “ya ves… como una puta cabra, macho”. Véase que ni mi compadre de charloteo ni yo habíamos tenido nunca la oportunidad de sentarnos cara a cara con el autor de artefactos como Nova Express, Queer, Apocalypse (proyecto multidisciplinar realizado junto al pintor Keith Haring) o su seminal The Naked Lunch, entre otras cosas porque en aquel momento llevaba muerto un periodo lo suficientemente prudencial como para dar por perdido el impulso groupie que ambos, en concreto yo, sentía hacia el personaje; no tanto hacia el escritor, debo decir en honor a la verdad. Por lo menos, no por aquel entonces.

Tras devorar Junky (encomiable pistoletazo de salida, publicada en el año 1953 y firmada a primera instancia con el pseudónimo de Bill Lee) con fiebre de recién llegado, me hice con una edición rústica de The Naked Lunch. No lo entendí muy bien. Mejor dicho, me cogió desprevenido y me faltó capacidad de reacción. Tras la claridad formal de su ópera prima, llegó aquello. Al leerlo, sí entendí las imágenes a nivel individual (o eso quise creer). Podía identificarme sin problema con el slang burroughsiano y el romanticismo marginal del drogadicto vocacional. Pero, mediante iba tragando páginas, la sensación de que se me estaba escapando algo crecía exponencialmente en mi interior. Y así de desvalido me pilló aquello de “el tipo estaba loco”. Estrujados todos los brotes a nuestro alcance, con pasmosa soltura, pasábamos de la pantomima literaria a las prisas de la cocaína entre semana, a los manifestos de fogueo y a poner en práctica –siempre filtrada por un atolondramiento teenager varado entre lo simpático y lo ridículo– toda esa concatenación de clichés malentendidos que habíamos ido sonsacando a trompicones de aquellos libros-gurú perpetrados por el drogata más molón de la Historia. Bendita juventud.

Comprender a Burroughs no es una opción. No está en la mano de uno, no es algo de lo que se pueda alardear de forma consciente. Porque, a diferencia de (casi) todos los demás, él no era exactamente un escritor. Cierto que escribía, y que su obra primordial calza el uniforme oficial de obra literaria: aún así, William S. Burroughs no jugaba en la misma liga que el resto de escribidores. Porque si uno se entrega a pelo y sin casco a su obra, uno acaba por darse cuenta de que Burroughs no comparte. Ni cuenta, ni narra: él invoca, y por eso –entre muchas otras cosas– resulta tan incuestionable; exorcista de sí mismo y de la sociedad que ve, Burroughs entiende y tan profundamente odia. Posee una inteligencia cíclope y ultraviolenta para la que lo mítico y lo mundano emerge de la misma cloaca, entre nubes de insectos y vapores opacos muy poco recomendables para la salud. La ficción deviene en una forma concreta de realidad, al tiempo que la realidad no existe más allá de su propia percepción; es un mártir al tiempo que también verdugo y, ya que estamos, un dictador local de la Interzona. Burroughs es asexual y cadáver inmortal: su genialidad está vinculada a un toma-y-daca ininterrumpido con la muerte, y su homosexualidad –profundamente aséptica y desapasionada– parecía indicar que simplemente quiso optar por el camino más difícil en aquellos tiempos.

Sus páginas no podían ser de otra forma, por lo que no hay en ellas oficio alguno, entendiendo oficio como actividad profesional con la que ganarse la vida de forma continuada y regular. Su obra rezuma una sensación de inevitabilidad con la que el autor se reafirma como labrador de su propio sendero: el camino es nuevo, único, unipersonal y –en este caso concreto– jodido de narices. Su pensamiento es carne palpitante, y el estilo está tan o más codificado que su propio código genético: puro ADN de rizo corrosivo, ácido y espumoso.

Burroughs no era demasiado fanático de la lectura ajena, o por lo menos eso decía él; recuerdo haberme sorprendido –gratamente, por cierto– al leer su opinión de la también muy seminal A Clockwork Orange, magistral ejercicio literario firmado por Anthony Burgess: «uno de los pocos libros que he sido capaz de leer en los últimos años». Lógico: la colosal obra de Burgess se merecía tal honor por parte del maestro. Pero, al mismo tiempo, si uno mira en dirección contraria, podría intuir en Burroughs un brutal y categórico desentendimiento por todo lo relacionado con las actividades propias de su supuesto gremio. Sea verdadero o falso su escaso hábito lector, lo cierto es que su obra siempre se ha hilvanado más en clave filosófica que meramente literaria.

En la totalidad de su obra sobresale una idea general, La Idea, esa y no otra: una embestida sin concesiones de la propia experiencia que, incluso en sus ficciones más radicales y experimentales, actúa como un motor esencial de alta ingeniería marciana, de la que solo él poseyó todas y cada una de las claves necesarias para metabolizarla en su totalidad.

Y esa extrema metabolización podía darse a través de una novela insectívora, un aforismo sulfúrico, un lienzo pintado a punta de escopeta o una grabación en vinilo o CD de psycho-slam hipodérmico (tómese como punta de lanza su Dead City Radio, demencial testigo a viva voz de los pensamientos más voraces de este señor flaco con sombrero y rictus de seminarista cabrón). A partir de ahí, que cada uno entre por su cuenta y riesgo. Y que luego no llore si sale escaldado.

Sea verdadero o falso su escaso hábito lector, lo cierto es que su obra siempre se ha hilvanado más en clave filosófica que meramente literaria.

Han pasado más de quince años de aquella conversación peregrina que tuve acerca de Burroughs sobre cosas que no entendíamos ni mi contertulio ni yo. Y, por lo que a mí respecta, no me atrevería a decir que ahora, hoy por hoy, entiendo mucho más. Lo que sí sé, y ahí sí pongo la mano en el fuego, es que Burroughs puede ser muchas cosas… pero nunca un loco. Su cordura da miedo, su coherencia es tan pasmosa que casi da reparo parafrasearlo: como si estuvieras rebañando con la lengua un plato ajeno de una mesa en la que no eres del todo bienvenido.