¿Por qué nunca nadie se preocupa –especialmente– por la família de José Hierro, Rafael Alberti o Rafael Pombo? Si bien resulta curioso indagar un tanto en el árbol geneálogico de Gil de Biedma (por hortera y desafortunado) o de Fernando Pessoa (por imaginario y por marciano), ningún rastreo genético resulta tan fascinante como el de los hermanos Panero-Blanc.

Tres hijos: un paranoico y dos esquizofrénicos. Los tres, alcohólicos y poetas. Los tres astorganos e hijos de uno de los poetas representativos de la dictadura franquista. Madre adalid del bienestar burgués al tiempo que sumergida permanentemente en el chinchón, la cazalla y el adulterio de gama alta.

La familia Panero-Blanc podría haber pasado desapercibida, a pesar de todas sus particularidades. Un seno irrepetible y demencial de hidalgos, alcohol, poesía y drogas. Gatos ahogados, histeria de buena cuna y fraticidios verbales: a cualquiera podría pasarle. Pero fue gracias al mítico film El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) que sus trapos –muy– sucios pasaron a dominio público. Tanto, que los Panero trascendieron de su posición de literatos incontestables a un puesto imbatido de literatos incontestables con la familia más sórdida de la historia de la poesía española. Para muestra, un botón: