Como todo, tuvo su momento. Fue a principios de los 60 hasta bien entrados los años 70 del siglo XX cuando esta disciplina artística —tan poco ortodoxa, y al mismo tiempo tan viva y sensible— tuvo su boom a nivel masivo de mano de grupos artísticos reconocidos a nivel mundial (Movimiento Fluxus) y otros más dispersos pero igualmente influyentes respecto a su grado de incidencia cultural (Outsiders y Neo-dadaístas).

El mail-art o arte postal es una forma de expresión artística que consiste en la total libertad de intercambio de cualquier documento u objeto que pueda ser puesto en circulación a través de los servicios postales, aunque cada vez con más frecuencia, se utilizan otros medios como el telex, el fax, el módem… Si bien el objetivo del mail-art es la comunicación, lo que lo hace realmente sugerente es la libertad de maniobra sin precedentes en el mundo del arte. El mail-artista pone en circulación y acepta todo aquello que le pueda resultar adecuado, todo objeto susceptible de ser artístico. Esta libertad requiere un reciclaje constante del propio concepto de arte, así como una ruptura con la comercialización mercantilista a la que va abocada la producción. El arte postal no es una corriente artística al uso, sino un conglomerado de diferentes estilos que utilizan un mismo canal de expresión. (Fuente: www.babab.com, artículo de Francisco J. González).

TODO EL MUNDO PUEDE SER UN ARTISTA (POR CORREO)

Uno de los atractivos más interesantes de esta expresión artística es su propia naturaleza integrada dentro de un aspecto —por entonces— tan cotidiano y “terrenal” como es la correspondencia postal. Mandar cartas por correo —ya sea a seres queridos, colegas de profesión o cualquier otro destinatario con nombre y apellidos— se convierte, bajo su filtro, en un proceso de comunicación sublimado. Ya no se trata de comunicar a través de la palabra: la palabra deviene objeto. La frontera natural que solía separar la imagen de la palabra escrita se diluye, al tiempo que la forma gráfica (sea en forma de collage, ilustración, la entrañable Letraset o incluso garabatos) pasa a un primer plano de la comunicación consciente del emisor. Así mismo, el receptor se convierte en un ente consciente que puede —y debería— abrir sus capacidades cognitivas a un nuevo nivel de comprensión: esto es, recibir una obra de arte en su buzón como forma de comunicación binaria entre alguien que conoce —o no— y él mismo. En algunos casos, el mail-art crea “cadenas” de interacción, lo que implica que el receptor se convierte en potencial emisor, sea del mismo objeto recibido —bien inalterado, bien ciertamente manipulado— o de un artefacto totalmente nuevo y de creación propia.

Todo el mundo es pontencialmente partícipe. Es más: se trata de una disciplina que INVITA directamente a que cualquiera, independientemente si es artista consumado o simple neófito, pueda participar de (y en) ello con tan solo tener la voluntad de hacerlo. No hay mercado comercial, ya que el concepto en sí del Mail Art lo determina como invendible, y cuyo coste de proyección a su “franja de mercado” tan solo pasa por lo que cuesta enviar una carta. Si ordinaria o certificada, eso ya corre a cuenta del implicado.

JOHNSON Y P-ORRIDGE, PUNTOS DE INFLEXIÓN DEL MAIL ART

Dentro de lo que serían casos famosos de Mail Art, podemos destacar la figura del agitador cultural Ray Johnson (1927-1995) como principal impulsor de esta forma de expresión artística. Johnson organizó y participó en los primeros eventos de performance como fundador de una red de arte postal de largo alcance (la llamada New York Correspondence School) que tomó impulso en la década de 1960 y todavía está activa en la actualidad. Estuvo asociado con el movimiento Fluxus, pero nunca fue miembro declarado. Vivió en la ciudad de Nueva York desde 1949 a 1968, cuando se trasladó a un pequeño pueblo de Long Island, donde vivió y trabajó hasta el día de su suicidio.
Su influencia en el arte postal no solo es capital, sino que además resulta “magistral” dentro de su absoluta falta de disciplinas arquetipadas. Como guinda (y sirva esto para definir el carácter seminal de su obra) fue llamado y conocido como “el artista desconocido más famoso de New York”. ¿O era al revés?

Genesis P-Orridge – Untitled (mail art to Jerry Dreva, 1979)

Para acabar este recorrido histórico de lo que que fue —y es— el Mail Art, otro caso francamente conspícuo y colateralmente asociado con uno de nuestros escritores ínclitos: el artista multidisciplinar Genesis P-Orridge (Throbbing Gristle, Psychic TV) fue acusado en 1976 por la Oficina General de Correos de Gran Bretaña de “ofensa a la nación” por el envío de “material obsceno e indecente” por correo. Sus tarjetas postales contenían imágenes de collages pornográficos, textos eróticos, etc., debidamente mezclados con imágenes de la Reina. Dichas correspondencias iban dirigidas a abogados, colegas de profesión, familiares y amigos, incluyendo extensas comunicaciones con William S. Burroughs, el cual fue receptor de un buen número de estas obras artísticas por correspondencia.

Desde It’s Written, proponemos un viaje que, si bien no es equiparable, mucho tiene que ver con la filosofía propuesta por el Mail Art. Viajes literarios que invitan a comunicarse más allá de la mera palabra, a través de visiones compartidas que se rigen a partir de los universos de algunos de los más grandes escritores y escritoras de la historia de la literatura.

Comienza tu viaje aquí, y en tu mano —de puño y letra— está el resto: la próxima vez que mandes una postal, haz que sea memorable.

Saludos desde El Castillo, una kafkiana postal literaria