A la hora de hablar de Isidore Lucien Ducasse (más conocido como Compte du Lautreámont), resulta esencial empezar definiendo con propiedad el término malditismo. Porque es justamente esa particularidad literaria la que más mitos, hipérboles y deformaciones de la realidad ha creado a lo largo de los siglos de escritura moderna. Y decimos moderna porque en la literatura clásica no se contempló apenas —desde luego, no de la misma forma— que la vida del autor (o lo que se ha supuesto de ella, sea por desconocimiento o afán de mitificación) tuviera algo que ver con la trascendencia de su obra.

Vicios y virtudes más allá del papel

Si bien se trata de una opinión altamente subjetiva, el que aquí suscribe opina que, si no contamos al Marqués de Sade, fue Oscar Wilde el primer autor que logró con verdadero “éxito” —esto es, a un nivel masivo dentro de los pazos culturales históricos— mezclar su vida personal (esto es, desde hábitos íntimos hasta escándalos públicos consumados) con la trascendencia de su obra. Y hablamos, por supuesto, más allá de esa obra maestra de la literatura epistolar que es “De Profundis”. Su personalidad, ese exquisito dandismo que redefinió los límites del cinismo y, sobre todo, su sentido del humor (de una brillantez insólita) aplicado a los pesados contrafuertes sociales de su época fueron factores que llegaron a aplicarse sobre su obra como un aglutinante definitivo de su figura.

La figura del autor / creador empezó a amalgamarse (para bien y para mal) a los particulares de su propia existencia como ser que “siente y padece” en modo meanstream

Así mismo, a través de corrientes tan poderosas a nivel vital como el romanticismo y el post-impresionismo, la figura del autor /creador empezó a amalgamarse (para bien y para mal) a los particulares de su propia existencia como ser que “siente y padece”, convirtiendo esta circunstancia (aparentemente obvia) en cinética mainstream de gran pulsión comercial… normalmente, post-mortem. Los hábitos alcohólicos y/o narcóticos elevados a nivel profesional, excentricidades derivadas de desequilibrios mentales exuberantes, los escándalos sexuales y otras “excentricidades” al uso cobraron relevancia en la construcción de figuras concretas como Van Gogh, Baudelaire, Verlaine o Rimbaud (este último, considerado como el artífice de la poesía moderna, al tiempo que ostenta la categoría de “autor maldito por excelencia” dentro del mundo de las letras). Muchos otros fumaron opio, contrajeron la sífilis a través de mucho esfuerzo y abnegación genital, probaron los placeres prohibidos de la carne, negaron a Dios a pleno pulmón: aún así, la historia es un lugar más pequeño de lo que pudiera parecer y en el que entra nada más que una ínfima parte de todos ellos. Sea eso, esperemos, a causa de los propios méritos y no de un azaroso proceso de selección providencial.

Lautreámont: La construcción (involuntaria) de un icono

Sobre el azar y sus ecos, precisamente: Isidre Lucien Lucasse murió inusitadamente joven, sin saber absolutamente nada de lo caprichosa que puede llegar a ser la Providencia. Bajo el alias de *** (id est: tres asteriscos, sin más), publicó el primero de Los Cantos de Maldoror en 1868, gracias a la desinteresada financiación de su propio padre. En 1869, Lucasse entrega el manuscrito completo a su editorial; dicho manuscrito nunca llegó a verse en librerías, a pesar de haber sido publicado. En vida, Lucasse jamás vio su obra multiplicada. Ediciones subterráneas, mudas en lo tocante a repercusión literaria inmediata, convertidas en documentos arcanos cuyos circuitos pasan directamente a un entramado más allá de lo comúnmente asumido.

Si a esto le sumamos que Los Cantos tienen como temas principales el ensalzamiento del asesinato (solo cabría recordar una de las primeras imágenes del libro, en la que se nos explica cómo descuartizar y devorar gozosamente un recién nacido), así como del sadismo desaforado propio de una mente “criminal”, las imágenes “impías” y la negación gozosa de cualquier forma de moral cristiana, la imagen del Conde de Lautreámont sube unos cuantos enteros dentro de las cotas de malditismo profesional.

Y aún más: muere a los 24 años (creando tendencia junto a su contemporáneo y “compatriota” Rimbaud, muerto a la edad de 28, tras haber dejado a su paso uno de los más destructivos —y por ende, constructivos— cismas poéticos de todos los tiempos: Una Temporada en el Infierno). Cuenta la leyenda que, tras la muerte de ambos —Rimbaud y nuestro Conde— una desafortunada saga de autores de poesía decidieron escribir lo que debería ser su “pasaje a la eternidad literata”, dejarlo encima de algún escritorio localizable y, posteriormente, suicidarse. Si esto fuera verdad, solo podemos alegrarnos por todos ellos, pobres diablos, que nunca supieron de las inclemencias de su mediocridad: murieron con esperanza, con una razón de no-ser. Bien, eso no es algo que deba tomarse a la ligera: a día de hoy, sigue siendo un lujo.

El mito de Lautreámont se dispara

Representaciones surrealistas de la imagen literaria más célebre de Lautreámont.
Representaciones surrealistas de la imagen literaria más célebre del Conde de Lautreámont.

El mito se dispara en el mismo momento que la obra de Lautreámont pasa de ser un sedimento olvidado en los subniveles de la creación terrenal a convertirse, gracias a la reivindicación de las grandes figuras surrealistas de principios de siglo XX, en un auténtico iconoclasta sin precedente conocido; un proto-líder de la imaginación liberada, martillazo supremo a la moral burguesa, tijeretazo astral de corta-y-rasga en todo lo concerniente al conservadurismo primordial que, desde siempre, había gozado de los focos iluminados de su propio tiempo. La dureza infinita de sus imágenes, combinada con la fórmula visionaria con la que configuró sus ya célebres símiles y metáforas “sobre la belleza” (voluntad claramente anticomercial, dado que el resultado suele ser una evocación sublime de terror, sinsentido, contradicción y demencia formal) lo han convertido en algo así como el “mal absoluto” a nivel literario y conceptual, una divina inspiración que ha trascendido hasta hoy día, en la que músicos como el japonés Merzbow (héroe del Noise extremo a nivel planetario) en colaboración con Mike Patton ( vocalista de Faith No More) o David Tibet (líder del grupo de Apocaliptic Folk Current 93 y figura destacada en el mundo de la música industrial) se han basado en su obra para crear obras sonoras radicales, tan brillantes como alejadas del paladar mayoritario, perpetuando así la propia ontología de Los Cuentos de Maldoror).

Huelga decir que la presencia de su obra en la educación reglada es precaria o directamente nula, así como cabe destacar que su obra se opone diametralmente a todo concepto socio-religioso que aún hoy pueda mantenerse vigente en Europa… y en el mundo.

Entonces, dicho todo esto, habrá quien vea clara la posibilidad de crear desde aquí la cenagosa figura de un monstruo, de una ebria bestia de destrucción cuya misma personalidad debía derretir con sus efluvios de azufre y absenta los puentes que a conciencia fuera cruzando, afán apóstata y cornudo, etc. Bien: resulta que Lucasse bebía poco o nada, y los únicos vicios que se le conocían era engullir café solo, pasear largamente a la orilla del Sena y (esto realmente es estupendo) atormentar con un piano a sus vecinos.

La dureza infinita de sus imágenes, combinada con la fórmula visionaria con la que configuró sus ya célebres símiles y metáforas “sobre la belleza” lo han convertido en algo así como el “mal absoluto” a nivel literario y conceptual

El resto, queda a vuestra imaginación: vuestra es, así que haced con ella lo que mejor os plazca. Eso sí, si atendemos a lo que bien nos dijo Lutreámont en una de sus cartas: si te sientes desgraciado, guárdatelo para ti. No hace falta decírselo al lector. Asunto serio, dicha afirmación. Más de uno de los actualmente autoproclamados malditos deberían hacerse eco de ello.