A pesar del rotundo éxito que obtuvo casi inmediatamente después de su publicación, era complicado, por así decirlo, afirmar por aquel entonces que Nightmare Alley (1946) era “una buena obra literaria” en el más pedante sentido de la expresión: su propio género ya puntualizaba a priori (injustamente, se sobreentiende) que no era su campo el apropiado para cultivar cualquier forma de literatura encomiable, digna de respeto y destinada a dejar el mundo un poco mejor de cómo se lo encontró. Su autor, William Lindsay Gresham (1909-1962), conoció el éxito gracias a ella. Y vale agregar: por primera y última vez, como cumbre pulp pocas veces vista y presunta novela “de retrete” bajo cuya estela se fraguaron importantes adaptaciones cinematográficas y en cómic, así como re-ediciones de culto. Y, lo que es aún más curioso —e importante—, entre sus páginas se acuñó uno de los neologismos con más hype de los últimos tiempos: geek.

Stanton Carlisle y sus geeks

Nightmare Alley nos cuenta, no sin cierto melodramatismo folletinesco, el ascenso y posterior caída en desgracia de Stanton Carlisle, un ‘profesional’ de la low-life más cruda de su época —esa resaca tardía de la Gran Depresión americana de los años 30—  que un buen día se encuentra presenciando un espectáculo ferial de lo que en la novela se define como ‘geek’ (tipos raros, inadaptados, marginales y esencialmente alejados de cualquier modelo social comúnmente aceptado). Magos de tocomocho, mujeres barbudas, tragasables, devoradores de cabezas de pollo, alcóholicos tatuados, tarotistas de infinitas ojeras y demás freaks de la farándula menos glamorosa se conflagran por defecto bajo las muchas veces remendadas carpas de lona estampada, ofreciendo sus muy variados talentos a cambio de un dólar. El protagonista (un personaje eminentemente maquiavélico, desposeído de toda compasión hacia el prójimo, oscuro de necesidad y devoto del egoísmo más nuclear) ve ante sí una oportunidad de ganar algo de dinero y comer caliente una vez al día.

Tras seducir a la tarotista Zeena, Stanton empieza su ascensión profesional en el negocio del engaño, el timo y los juegos de manos. Se hace pasar por mentalista, desarrolla métodos más o menos sofisticados para engañar a su público y legitimar sus predicciones, ganando así una audiencia devota y con ganas de vaciarse los bolsillos a cambio de una señal trascendente o un pase libre hacia los más oscuros recovecos del porvenir. Y de ahí sólo hay un paso a convertirse en predicador espiritual e influencer de la alta sociedad. Sin ánimo de desvelar todo el argumento del libro, es gracias a su proceder mezquino y a su absoluta falta de escrúpulos que la carrera de Stanton sube y sube en su escalada social, cada vez más preso de sus alucinadas ambiciones, siendo esto a su vez síntoma de una consecuente  —y previsible e inevitable y estruendosa— caída libre hacia los abismos.

El legado de Gresham, intacto

Gresham, habitual de los magazines True Crime y demás publicaciones al uso, tardó casi cuatro años en acabar la novela. Si nos ceñimos al tiempo habitual de creación y publicación de los arquetipos literarios del que Gresham era hacedor, encontramos equivalencias asombrosas: como si Ken Follet hubiera tardado 80 años en acabar Los Pilares de la Tierra, o como si Lorca hubiese empleado más de dos décadas en perfilar su Romancero Gitano. Estamos ante todo un tour de force creativo que, sin duda, dio sus frutos y alguna cosa más: tan sólo un año después de su publicación,  se estrenaba en cines su adaptación cinemátográfica protagonizada por un Tyrone Powell en plena expansión estelar. La ambientación inusitadamente bizarra, distorsionada y chirriante de la obra no pasó desapercibida, así como el tono ciertamente dostoevskisquiano de su argumento. Los personajes, de una humanidad tan lamentable como empática, constituyen un crisol perfecto para albergar el grueso de un drama humano cruel, insólito y a la vez plausible, que a día de hoy conserva intacto buena parte su encanto (entendiendo “encanto” como ese ingrediente esencial de la fórmula maestra de la buena literatura, gracias a la cual se genera el don de la atemporalidad).

Gresham nunca volvió a coincidir con el éxito después de Nightmare Alley. Además y por si fuera poco lidiar con un dique creativo que parecía haberse secado para siempre, contrajo cáncer de lengua. Murió de una sobredosis de pastillas, presumiblemente mezcladas con ingentes dosis de alcohol duro, con la que se despidió tan triste y trágicamente de este mundo como a su manera lo hace Stanton al final de su periplo por el callejón de las almas perdidas.

Spain Rodríguez: Nightmare Alley y el cómic underground

A pesar de que Gresham no llegó a ver completada la parábola expansiva de su obra capital, la vida útil de Stanton y sus malas artes no acabaron ahí. El historietista underground Manuel Rodriguez AKA Spain Rodríguez encontró en su adaptación de la presente obra el momento cumbre de su carrera como autor de cómics, siendo ésta publicada en la mítica editorial de culto Fantagraphics (hogar de las obras de Robert Crumb, Art Spiegelman, Charles Burns, Daniel Clowes, los hermanos Hernández, Jessica Abel, Peter Bagge y Joe Sacco, entre otros). Publicado en el año 2003, la versión en cómic de Nightmare Alley firmada por Rodríguez es, sin duda, una ampliación sumamente estimable del texto del que se alimenta: manteniéndose fiel a la novela de Gresham, es a su vez una aportación visual de inmensa riqueza, que se complementa y no se superpone a la fuente original. Las viñetas de Rodríguez parecen destiladas de la misma materia oscura que alimentó la crudeza narrativa y descreída de Gresham, como recubiertas de una especie de escarcha emocional que marca los pulsos literarios y/o gráficos de una historia que así lo requiere.

Las viñetas de Rodríguez parecen destiladas de la misma materia oscura que alimentó la crudeza narrativa y descreída de Gresham, como recubiertas de una especie de escarcha emocional que marca los pulsos literarios y/o gráficos de una historia que así lo requiere.

Geek: arrancarle la cabeza de un mordisco a un pollo o ser un fan de la informática

De la misma forma que Valle-Inclán se apropió del término esperpento para dotar a su universo de un lenguaje propio que lo define y singulariza hasta lo exclusivo, Gresham tuvo a bien sacarse de la manga su propio concepto-bandera que bautizara esa visión tan particular y específica de lo que él entendió como una raza aparte: en su génesis, geek devino un concepto asumido asociado a una definición muy concreta, conceptualmente cerrada, cuyo significado recogió con total concreción a su significante. Ahora bien, a consecuencia de la explosión de popularidad que el término ha experimentado durante los últimos tiempos (así como el desviruamiento de su significado original a través de matices espontáneos), es comprensible que —de la misma forma que freak o nerd, sin ir más lejos— el espectro de su concepto se haya visto ampliado hasta ciertos límites de deformación (a duras penas) razonable: actualmente, se define como geek aquella persona obsesionada con la informática; mientras que en su concepción original, entendemos por geek a un feriante de bajísima estofa que se dedicaba a presentar espectáculos truculentos, extraños e incluso repugnantes. Cabe decir que, a pesar de que Gresham redefinió el término y perfeccionó su imaginería, en Nightmare Valley existe un personaje con un peso argumental clave que representa propiamente lo prístino de su significado: un individuo brutalizado en extremo cuya función en el espectáculo consiste en arrancarle la cabeza a pollos de un mordisco, ante la comprensible estupefacción de una audiencia ávida de sordidez y emociones chocantes.

Podríamos apostar nuestros propios cuellos si afirmamos que Gresham murió sin tener ni la más remota idea de informática, y aún menos conocimiento de cómo ese término que su obra redefinió y consolidó iba a mutar su significado hasta tales extremos. A menos, claro está, que se nos escape un posible paralelismo oculto entre la obsesión por los ordenadores y la decapitación de pollos a mordiscos. O quizás Gresham hizo bien su trabajo, y su sentido primordial se mantiene: ser inadaptado e incluso marginal, muchas veces incomprendido, socialmente impopular… en definitiva, aspirante a minoría absoluta.
Historias únicas de interés variable, pero únicas al fin y al cabo.

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