Ya desde el primer número de la revista semanal The New Yorker, publicado el 21 de febrero de 1925, las portadas de la célebre y longeva publicación editada en Manhattan han sido (y siguen siendo) uno de sus aspectos más llamativos y comentados.

Por un lado, el humor que suelen reflejar los ilustradores busca el balance entre la crítica política o social y la huída del gag fácil o más previsible. Esa vuelta de tuerca que, con mayor o menor acierto y siempre apoyada por la calidad de los textos, ha ido convirtiéndose en objeto de culto. The New Yorker, a pesar de acercarse ya a los 100 años de existencia, ha logrado capear el revés digital y, sobre todo, la psicosis del clickbait. De hecho, su rigor y coherencia han hecho reconocible la publicación fuera de Nueva York —ha llegado a tener más suscriptores en California que en la propia ciudad— y más allá de Estados Unidos, y al mismo tiempo y quizás todavía más importante, ha logrado traspasar el interés del mundo literario y convertirse en una revista leída por un público dispuesto a leer buenas historias, crónicas y reportajes, esté o no en el sector de la edición.

Regresando a la historia de sus portadas, sobra decir que la primera sigue siendo icónica: el retrato del dandy Eustace Tilley firmado por Rea Irvin.

Saul Steinberg, ilustrador habitual de la casa y que cuenta con 85 portadas de The New Yorker a sus espaldas, logró el hit emocional que sacudió el ego de los neoyorkinos, representando la supuesta forma de ver el mundo por los ciudadanos de la que reconocen (o reconocían) como la capital o centro del mundo: The view of the world from the 9th avenue.

Posiblemente, revisitando las portadas de las dos últimas décadas, la que firmó Art Spiegelman tras los atentados del 11-S se encuentra entre las más impactantes y emotivas (tristemente, en este caso).

Precisamente, comenzaremos con otra portada de Spiegelman nuestro particular, personal Hall of Fame de las 10 portadas de The New Yorker predilectas en Literary Notes:

  1. Spiegelman, mayormente conocido por ser el autor de Maus, vuelve a colocarse en el cenit del cinismo inteligente y la ironía descarnada que caracteriza su obra para reflejar una de las problemáticas más trágicamente perennes de EEUU: la violencia policial y la impunidad de los culpables.

  1. A propósito de la festividad de Halloween, una de las mejores portadas de la historia del New Yorker: aunando fiesta popular, inseguridad ciudadana y esa sensación de vivir en un permanente estado de violencia latente. Obra de Ian Falconer.

  1. Redefiniendo los pilares de la iconografía popular: todos lo sabíamos, pero ellos fueron los primeros en decirlo. Una gran aportación que contribuyó a la inclusión de personajes musulmanes, seropositivos y discapacitados en el elenco de uno de los más míticos e influyentes programas infantiles de todos los tiempos. Una ilustración de Jack Hunter.

4. Cuando el smoog opaca el cielo nocturno, es tiempo para la luz de nuevas estrellas: alienación tecnológica y desparrame energético al servicio de constelaciones apocalípticas. Llamémosle  El Cosmos de la distopia. Ilustración de Chris Ware, siempre inconfundible.

  1. Porque los Colonos, padres de la Nación, también fueron inmigrantes una vez: la maldición de la amnesia histórica y las perspectivas cerriles tan propias de una parte del país con más poder en el mundo. La firma es de Christoph Niemann.

  1. Una asociación de ideas tan simple como necesaria para reflejar la magnitud de un sentimiento de rechazo que no admite sutilezas. La obra, en este caso, es de la ilustradora española Ana Juan.

  1. Es el estilo pretendidamente naïf de la ilustración, así como la presencia de un artículo tan común como un cartón de leche, lo que culmina el ataque de pánico que cualquier persona en su sano juicio debería sentir al ver esta portada. El Horror, el Horror. Se titula Día de compras y es una creación de Erik Drooker.

  1. Obra, de nuevo, del enorme Chris Ware. Del mensaje único a la narración secuencial: deconstruyendo el concepto tradicional de portada y quebrando, de paso, los lineales habituales de librerías y kioscos. A por ello.

  1. Spiegelman desafía de nuevo la intolerancia. Y es que es lamentable que, a día de hoy, aún haya sectores de la población que se escandalicen violentamente con imágenes como esta. Es lo que tiene la ortodoxia (posiblemente, la tragedia más imbécil y aburrida de todos los Tiempos).

  1. Genial homenaje a Ministry of Silly Walks de los maestros Monty Python. Si no sabes de qué estamos hablando, ¡tu vida es peor de lo que crees! Sin embargo, puedes remediarlo fácilmente aquí. Por cierto, sin olvidar la mordaz referencia crítica al temible fenómeno psycho-populista conocido como Brexit, ya que la portada se hizo pública justo el día después de las fatídicas elecciones en el Reino Unido. La ilustración pertenece al talento de Barry Blitt.