La subasta del Lote 49 (The Crying of Lot 49) se publicó por primera vez en 1965. A pesar de contar con más de cinco décadas de existencia, su combinación de poesía, comedia, melancolía, conspiraciones y surrealismo todavía late con rabiosa (pos)modernidad, y continúa siendo la mejor manera de introducirse en los laberintos desordenados de la prosa de Thomas Pynchon.

The Crying of Lot 49, en la edición de Harper Perennial

 

Otro intento ineficaz de explicar la trama de una novela de Thomas Pynchon

Explicar la trama de cualquier obra de Pynchon suele ser una tarea tan laboriosa como irrelevante, condenada eventualmente al fracaso de aceptar que una novela pynchoniana sólo puede explicarse con la transcripción de la obra, y la consecuente superación de cualquier límite impuesto por las normas tradicionales del periodismo.

La alternativa que se presenta, y que se observa con frecuencia en las contraportadas de cualquiera de sus novelas, es la mera enumeración de personajes y circunstancias.
Así pues, allá vamos: en La subasta del lote 49 asistimos a una conspiranoia informe, de límites imprecisos, que incluye una antigua guerra entre servicios postales, experimentos con psicofármacos llevados a cabo por un tal Dr. Hilarius –un ex afiliado al partido nazi dedicado a la inducción de la demencia en los prisioneros judíos y que ahora se dedica a recetar LSD a amas de casa–, una banda de rock americana pero que canta con acento inglés, un filatelista llamado Genghis Cohen, un servicio de correos clandestino que sobrevive en el underground a una batalla que tuvo lugar hace siglos… La lista sigue, pero la tesis queda demostrada: las obras de Pynchon son eso, un mosaico de escenas con frecuencia inconclusas, una colección de protohistorias, de vistazos rápidos a algo inabarcablemente complejo, de situaciones extravagantes y tramas súbitamente truncas, que continúan fuera de sus páginas, en la trastienda de las novelas.

Tómese un fragmento al azar de Pynchon y se confirmará lo aquí expresado. Existen altas probabilidades de que en mil palabras o menos descubramos a unos diez personajes, cada cual más excéntrico y de nombre más extraño, todos ellos con su propia subtrama bifurcándose ad infinitum. En manos menos hábiles, el resultado sería un mejunje de trozos inconexos, el arrugado contenido del cesto de basura de un escritor infértil que abandona sus ideas en la página dos. Pynchon, sin embargo, consigue –como si se tratara de un Doctor Frankenstein que trabaja con ideas y personajes que pertenecen a géneros distintos, a novelas distintas, a veces incluso a épocas distintas– encajar todas esas escenas y personajes en un ser que funciona y camina, en un monstruo que cobra vida aunque su motricidad no pueda explicarse a partir de sus partes aparentemente incompatibles. Irreducibles, verborrágicos y perifrásticos hasta lo insoportable, por momentos tediosos y con frecuencia incomprensibles… así son los frankensteins de Pynchon, pero también poéticos, melancólicos, llenos de humor, de belleza y de escenas memorables agazapadas a la espera de un lector paciente y disciplinado.

La parodia de la posmodernidad: no importa si la historia no lleva a ningún lado

La subasta del Lote 49  fue publicada tres años antes de que saliera a la luz la colección de relatos de John Barth Lost in the Funhouse (Perdido en la casa encantada), para muchos una suerte de manifiesto de la literatura posmoderna. Ya entonces, Pynchon parecía no solo dominar los rasgos formales de la posmodernidad sino haberlos, en cierta manera, superado. Al visitarlos en La subasta, su segunda novela tras V., su aproximación busca menos participar del género que  burlarse de sus limitaciones y pomposidades.

El resultado es una parodia, una sátira del rasgo más distintivo de la posmodernidad literaria, el de la auto conciencia del carácter ficcional de la obra. En Pynchon, el término ficción parece asumir una acepción curiosa: la de irreal por imposible. La trama cuasi incomprensible, los personajes de nombres inauditos y una línea narrativa que se quiebra y divide en incontables subtramas… Todo parece invitar a la irritación y el abandono de la lectura.

Me permito entonces ofrecer una solución a este inconveniente: dejar que la trama fluya casi como un ruido de fondo, como una excusa; dejar que los personajes entren y salgan como extraños en una fiesta, permitir sin culpa que las zonas del libro confusas pasen de largo sin mayores penas.

Así nuestra atención, liberada ahora de la tarea de descifrar con precisión los pormenores de una trama ininteligible, queda libre para concentrarse en la verdadera protagonista del Lote 49: la forma. Si aceptamos que las novelas de Pynchon son laberintos, tenemos que entender que lo son de un tipo distinto, donde el objetivo no es buscar, desesperados, la salida, el sentido último, sino el perderse más y más en una búsqueda indefinida, vaga. No son trampas sino paisajes, galerías donde hay que caminar sin prisa. Quizás llegaremos al centro sin saberlo, quizás pasemos varias veces sobre nuestros propios pasos, perdidos en círculos pero disfrutando del extravío ahora que nos sabemos a salvo y libres de cualquier propósito ajeno al propio merodeo, una no-búsqueda donde la fuente del placer está en el deambular y no en cruzar el umbral y dejar el laberinto atrás, resuelto.

Phyllis Gebauer, amiga de Thomas Pynchon. Thomas, siempre secreto, saluda desde el interior ✌️

La larga odisea de Oedipa parece emular este andar –que es también un leer– sin rumbo. A lo largo de la novela, su viaje no es nada más que una sucesión de escenas que no llevan a ningún lado, guiadas por la incipiente subasta del lote que da título al libro y que funciona como una suerte de macguffin al que nunca se llega –como el castillo kafkiano; como la ballena de Melville– pero que tampoco importa demasiado alcanzar. ¿No conviene, entonces, detenerse y disfrutar del viaje? Si ya hemos aceptado que la trama en Pynchon no es un fin sino un recurso, casi una excusa para llegar a otra cosa, un medio para un fin que reside y espera más allá de lo meramente “contado”, ¿no es mejor detenerse y saborear sin prisa el ritmo y la poesía escondidos en párrafos tan delicados como éste?:

‘Under the freeway.’ He waved her on in the direction she’d been going. ‘Always one. You’ll se it.’ The eyes closed.. Cammed each night out of that safe furrow the bulk of this city’s waking each sunrise again set virtuously to ploughing, what rich soils had he turned, what concentric planets uncovered? What voices overheard, flinders of luminiscent gods glimpsed among the wallpaper’s stained foliage, candlestubs lit to rotate in the air over him, prefiguring the cigarrette he or a friend must fall asleep someday smoking, thus to end among the flaming, secret salts held all those years by the insatiable stuffing of a mattress that could keep vestiges of every nightmare sweat, helpless overflowing bladder, viciously tearfully consummated wet dream, like the memory bank to a computer on the lost. *
—Bajo la autopista. —Señaló en la dirección que Edipa venía siguiendo—. Siempre hay uno. Ya lo verá. —Los ojos se cerraron. Escarificado todas las noches en aquel surco de protección que el volumen del desperezo urbano volvía a roturar con virtuosismo al despuntar el día, ¿qué suelos fértiles habría removido, qué planetas concéntricos descubierto? ¿Qué voces entreoído, qué retazos de dioses esplendorosos sorprendido entre el manchado follaje del papel de la pared, qué cabos de vela encendido para que bailotearan sobre él en el aire, presagiando el cigarrillo entre los labios con que él o un amigo se quedarían dormidos algún día para sucumbir entre sales ardientes y secretas, guardadas durante años por la borra insaciable de un colchón que conservaría restos de sudor de todas y cada una de las pesadillas, de una vejiga incontinente y desbordada, de poluciones nocturnas derramadas con depravación y los ojos anegados en lágrimas, semejante al disco duro de un ordenador de los derrotados?*

We Await Silent Tristero Empire, o cuando la obra se filtra a la realidad

Más allá de etiquetas, géneros o maneras de leer a Pynchon, lo que está fuera de todo debate es la propia naturaleza divisiva de su obra. Durante las casi seis décadas de una carrera literaria tan envuelta en misterio como polémicas, Thomas Pynchon no ha hecho más que despertar animosidades y fervores por igual.

El arcoiris de gravedad, su obra más icónica y quizás la menos leída, fue elegida para el Premio Pulitzer en 1974 y más tarde descartada, calificada por miembros del jurado como “obscena”, “ininteligible” y “pomposa”. No obstante, ha recibido el beneplácito y la admiración de autores como David Foster Wallace, a quien influenció como a tantos otros (Neal Stephenson, Ian Rankin , por mencionar solo algunos). Pynchon es también un eterno rumor entre los aspirantes al Premio Nobel, y su novela Vicio Inherente ha sido llevada al cine por Paul Thomas Anderson.

Sin embargo, ninguna de estas validaciones académicas o de ingreso en la cultura popular mainstream es tan significativa como otra, más oculta pero también más profunda, de índole, es una tentación llamarla así, “borgeana”. En La subasta del Lote 49 aparece un símbolo gráfico que Oedipa se encuentra durante varios momentos de la novela. Se trata de un cuerno de correos silenciado, garabateado como muestra de pertenencia a todo un sistema clandestino de servicio postal: “W.A.S.T.E”, las siglas de  We Await Silent Tristero’s Empire, (Esperamos el silencioso Imperio de Tristero).

Y aquí es donde ocurre la trascendencia más curiosa de la novela, cuando ocurre su transmutación al mundo real, y la fascinación por ella cobra formas insólitas. El símbolo se ha convertido en un tatuaje de frecuencia inusual entre admiradores de Pynchon; el nombre W.A.S.T.E ha sido adaptado por la banda británica Radiohead para sus “cuarteles generales“, mientras que We Await Silent Tristero’s Empire es el nombre de un disco de la banda de New Orleans Chef Menteur.

Pero la permeabilidad del Lote 49 no se queda ahí. Hay sitios y cuentas de Twitter dedicadas a detectar y cartografiar las apariciones del logo de Tristero en la vía pública. Sí, efectivamente, como si se tratara de una especie de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius donde la ficción comienza a remplazar, un buzón a la vez, al mundo real.

Asímismo, ya existe el Pynchon in Public Dayun día para celebrar a Pynchon análogo al Bloom’s Day de Joyce.

Crédito: @PynchonInPublic

Y como final, nuestra aportación pequeña pero afectiva al mundo Pynchoniano: una bolsa para celebrar el Lote 49 y los personajes inolvidables que lo orbitan, y para rendir homenaje al querido Thomas Pynchon y sus laberintos fascinantes, inconclusos, con suerte eternos.


* La traducción al español de este fragmento de La subasta del lote 49 pertenece a Antonio-Prometeo Moya para la edición de Tusquets.