Megg and Mogg, una tarde cualquiera
Megg and Mogg, una tarde cualquiera

En tiempos de Tumblr, de bloggers sobrevalorados, de fotos de perfil manipuladas por Photoshop y relaciones interpersonales supeditadas a una interfaz friendly, algunos pensamos que una vuelta al existencialismo honesto y deprimente es algo casi necesario. Por eso nos gusta reivindicar a Simon Hanselmann. Y no es que estemos de acuerdo con eso de levantarnos cada mañana planteándonos la existencia entre lacrimosos accesos de frustración, no. No del todo. Pero en esto coincidimos: empieza a resultar imprescindible un poco de reality bite, una dosis medicinal de realidad sucia que levante la alfombra y deje al aire toda esa porquería que se ha ocultado debajo con insistencia. Porque, sin entrar en discursos grunges, es dolorosamente cierto que la realidad, aunque pretendamos lo contrario, no suele ser algo que pueda retocarse con un filtro trendy ni reconstruir recortando el trozo que queremos mostrar. A pesar de que podamos tener momentos felices, la felicidad no es una imagen y, por lo tanto, nunca podrá permanecer demasiado tiempo.

Simon Hanselmann: la claridad del que ha trabajado limpiando excrementos de paloma

Simon Hanselmann, vestido de estar por casa.

Simon Hanselmann (Launceston, Australia, 1981) trabajó limpiando mierdas de paloma. También trabajó en una cadena de comida rápida, friendo patatas. Actualmente, es escritor y dibujante de su propio cómic de autor. Y, no lo olvidemos, nació en Australia.
Sobre esto último, un breve apunte: hay una gran cantidad de íconos y referencias pop australianas que nos demuestran que el carácter de Simon Hanselmann es francamente particular. Claro, está Mel Gibson y todo lo asqueroso que ha llegado a representar en Hollywood: pero, en el inicio de su carrera, empezó de mano del también australiano George Miller y, juntos, crearon Mad Max. Y por supuesto, Mad Max II (film imprescindible donde los haya, representante de la épica antiheróica más descerebrada y brutal). Siguiendo con el cine: Russell Mulcahy (conocido mayormente por ser el director del delicioso entretenimiento llamado Highlander) empezó su carrera como cineasta firmando un punto álgido del subgénero ozplotation. Razorback, su opera prima, es un auténtico festival del lado oscuro de un continente en el que todo lo que te pica, te mata.

Volvamos a Hanselmann: una vez se cansó de freír patatas y de remover mierdas de paloma con una rasqueta, empezó en 2008 a producir lo que sería su gran proyecto hasta la fecha: Megg, Mogg & Owl.

Cómic underground donde los haya, Megg, Mogg & Owl plantea, sin embargo, una estética próxima a la trampa pseudo-cool de la nueva ilustración hipsterizada. Fácil es reconocerla, sólo hace falta echar un vistazo a la línea que usan actualmente las grandes corporaciones que ansían captar a jóvenes pudientes de entre 24 y 38 años, vestidos con un estilo dandy de tercera regional y con profesiones autodenominadas liberales.

La historia se formula en clave sitcom y nos presenta a tres personajes que no fueron creados por Hanselmann: la bruja verde, el gato casi negro y el búho blanco de pico amarillo que protagonizan la obra son un trío creado por Helen Nicoll para un cuento infantil muy popular en los años sesenta: Meg & Mog. En él se contaban las historias de una brujita un poco vaga pero buena y su gato blanquinegro, acompañados de un búho albino, en diferentes peripecias que ayudaron (tanto a través de libros como de dibujos animados) a que niños de entre 2 y 5 años entendieran algunas cosas sobre el comportamiento humano. Historias con trasfondo educativo y una estética asumible, absolutamente exentas de todo input negativo. Claro, era una obra infantil.

Cabe deducir que Hanselmann debió crecer con ello, mamándolo durante los primeros años de su vida. Entonces, ¿qué habría pasado si aquellos personajes de su infancia hubieran seguido viviendo juntos, adaptándose a esos mismos sentimientos de frustración, soledad y desapego que aquel niño sentiría al hacerse mayor? ¿Cuál sería la situación si esos personajes infantiles hubieran ido creciendo paulatinamente con él, dentro de él, sintiendo lo que el pequeño Hanselmann  sentía? Incomprendidos, usando drogas regularmente, viéndose obligados a convivir con un mundo que no hace el mínimo esfuerzo por entender sus dudas, sus cabreos, sus necesidades. Eso es, ni más ni menos, Megg, Mogg & Owl: cuando la burbuja se rompe y te ves, un buen día, hundido en una miasma de virutas de excrementos secos de paloma. Bienvenido a la vida adulta.

Mogg y Owl conversan. Mogg se prepara un sándwich. La vida.
Mogg y Owl conversan. Mogg se prepara un sándwich. La vida.

La Tragicomedia (trágica) de tu vida

Entrando ya en la obra, debo reconocer que es hilarante. Realmente. Pero, sin que uno se dé demasiada cuenta de por qué, esa carcajada a secas se convierte en carcajada nerviosa, una reacción convulsa que asume la relación —o en todo caso, alquimia cabrona— que a veces se da entre lo cómico, lo triste y lo trágico.

Eso es, ni más ni menos, Megg, Mogg & Owl: cuando la burbuja se rompe y te ves, un buen día, hundido en una miasma de virutas de excrementos secos de paloma. Bienvenido a la vida adulta.

La inteligencia, el cinismo, la poesía descarnada y la patada estomacal que Hanselmann propone a lo largo de su argumento (segmentado por historias aparentemente independientes, que respetan una línea cronológica de acontecimientos y que, como cualquier sitcom, dependen de un argumento troncal y un casting preestablecido a partir de los cuales se desarrollan diferentes situaciones autoconclusivas) no pueden tomarse a la ligera. La apatía vital, la depresión, la crueldad cotidiana, el egoísmo, la suciedad –ontológica a la par que física– de una existencia carente de motivación, la sensación de no tener nada por lo que luchar en la vida, la mediocridad de las relaciones sentimentales agotadas, la precariedad: todo ello, y más, compone el telón de fondo ante el que se entretejen los demenciales entremeses de Hanselmann.

Hay que leerlo para entenderlo. Los matices –suministrados por ‘pequeños detalles’ que conforman una parte esencial de la lectura– solo pueden ubicarse a través de la propia experiencia. Esto es: cuidado, porque te verás reflejado/a en una infinidad de potenciales microespejos que, página tras página, Hanselmann planta con línea simple y diálogos repugnantemente reconocibles. La sensación resultante, por lo menos para el que aquí suscribe, es la de haberme reído mucho y acabar con ganas de llorar. Pero me temo que el crisol de reacciones es inquietantemente más amplio.

Werewolf Jones for president

Werewolf Jones, el “Party Bro” que todos queremos tener.

Desglosemos un poco el reparto de personajes. Vale la pena mencionar a todos y cada uno de ellos (de los principales y característicos, por lo menos). Y aunque no hayas leído el cómic, esperamos que puedas hacerte una idea clara del plantel de caracteres sobre el que se edifican las historias.

  • Megg: Bruja verde, que ha decidido no depilarse y que vive gran parte de su existencia tumbada en su “colchón de la tristeza”, rodeada de colillas y botellas vacías. No trabaja, se droga de forma diaria y suele romper a llorar de forma espontánea, sin ninguna razón en concreto. Es pareja sentimental de Mogg.
  • Mogg:  gato casi negro, politoxicómano y adicto al “rimming” (lamer el esfínter de la pareja). Dedica sus días a matar las horas con visionados repetidos de la serie Cómo conocí a vuestra Madre y a buscar nuevas formas de atormentar a Búho.
  • Búho: albino, trabajador responsable y de carácter bonachón e ilusionado, es víctima habitual de abusos psicológicos y físicos por parte de sus compañeros de piso, Megg y Mogg. Se gana la vida en un call center y su pasión es buscar inútilmente la aprobación y el respeto de sus amigos. Paga el 80% del alquiler, pero no lo sabe.
  • Mike: es mago, pero trabaja de reponedor en el Carrefour. Abúlico, alcohólico y lacónico. Siempre viste con túnica.
  • Bogger (Moco, en su traducción al castellano): transexual con la cara a medio derretir, es la mejor amiga de Megg. Según confiesa ella misma, sus botas huelen de una forma rarísima.
  • Werewolf Jones: sociópata adicto a las drogas, es el genuino “Party Bro” de Megg y Mogg. Dado que es completamente imbécil, no duda en automutilarse si la ocasión lo requiere, siempre y cuando eso anime la fiesta. Ha creado su propia secta satánica y tiene dos hijos, Jaxon y Diesel, a los cuales prostituye por internet y utiliza para cobrar ayudas sociales. Ha llegado a destrozarse el escroto con un rallador de queso, solo porque le han dicho que lo haga.

Aunque esta pobre e incompleta descripción de los personajes pueda dejar abierta la puerta a la suspicacia respecto al uso indiscriminado de estereotipos, os animamos que acabéis de encajar tal presuposición a través de la lectura cronológica de las obras de Hanselmann, originalmente publicadas en la editorial Fantagraphics (de la que ya hablamos anteriormente aquí) y que actualmente pueden encontrarse en castellano gracias a la exquisita edición de Fulgencio Pimentel.

A modo de conclusión: es tanta la repugnancia que ha logrado acumular y provocar todo ese coletazo milennial de mira-qué-bien-todo (cuando, no jodamos, todos sabemos que no es así) y esa click fury por resumirse en una autoproyección ridículamente alucinada e inválida, es necesario que alguien como Hanselmann logre vehicular la inherente desazón de estar vivo aquí-y-ahora, sea cual sea tu lugar en el mundo, a través de una risión que, si no eres capaz de fijarte lo suficiente, puede costarte cara. Y no porque se te haya avisado —no, nadie nos avisó de nada, nunca, no realmente—, sino porque la única cosa positiva que tiene el “tocar fondo” es, ni más ni menos, saber positivamente que lo has hecho.

One thought on “Simon Hanselmann: la vida no es bonita, ni siquiera en cómic”

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