Este artículo fue escrito justo antes de que el temible y devastador huracán Irma amenazase la ciudad de Miami y su publicación quedó postergada ante los terribles embistes que el huracán causó en la ciudad. Sin embargo, tras valorarlo en el comité de Literary Notes, consideramos que Miami es una ciudad tan extremadamente fuerte, fantástica y eterna que este artículo no podía quedar pospuesto, del mismo modo que Miami y sus habitantes tampoco se quedarán de brazos cruzados ni esperarán un minuto más para reconstruir la ciudad más fascinante, estroboscópica y en la cima cinematográfica de los Estados Unidos de América.

Como tantas otras ciudades de Estados Unidos, el imaginario cinematográfico que permea Miami —recientemente renovado y reactualizado por el videojuego de Rockstar Grand Theft Auto— parece tan ficcional que no merece la pena tomarse la molestia de intentar arrastrarlo hacia otros espectros. El humor o la parodia se antojan, a priori, casi innecesarios y obvios, a no ser, claro está, que tu idea sea lo suficientemente demente como para retar todo lo que circunda a un abordaje turístico con ansias por exprimir ese vicio, esa fastuosidad bañada en dólares de dudosa procedencia y un hormonado espíritu etílico-festivo que visto desde la distancia de una pantalla caería en el manual de película desechable para adolescentes alienados del Occidente de los noventa y principios del nuevo milenio.

Antes de dejar esta batalla subversiva de lado y pasar a otro tema (o a otra ciudad más vulnerable), el milagro demente que ni nos atrevíamos a imaginar como algo realizable, aparece, como de la nada, en uno de los expositores del Gutter Fest barcelonés, un festival de autoedición y microedición que cuenta ya con cinco ediciones (camino de la sexta).

Una caja con un reclamo claro y directo, quizás la clave primordial para atrapar las vísceras de Miami y tener la sartén por el mango (o la tarjeta de crédito American Express entre los dedos índice y corazón) a la hora de vapulearla a discreción: un cambio de nombre, algo suave, digamos que tan suave como una fonetización: Maiame.

Abrir la caja supera la experiencia inicial al encender la consola y ver la introducción de Grand Theft Auto Vice City. Lo analógico, queramos o no, tiene un peso en nuestra experiencia directa mucho más intenso que cualquier realidad televisada.

Un mapa con las calles de Maiame, desplegable y con todo detalle. Sus barrios, sitios de interés, paseos recomendados, incluso la recién proclamada Maiame Republic (existe y jamás la olvidarás una vez abres la caja-artefacto-guía de viajes). Pero hay más, tanto como cualquier guía de viajes con todo incluido pueda ofrecerte: consejos para tu seguridad durante la estancia, un diccionario con localismos maiamenses y, como es de menester, el plano del metro para los que no puedan permitirse una limusina con un gentil y sonriente y joven chófer dispuesto a lidiar con nuestros antojos turísticos.

El plato fuerte, por si el mapa no nos ha dejado suficientemente cautivados, se compone de dos cómics hechos el uno para el otro, la luz y la oscuridad, el vicio nocturno y la vitalidad diurna. Porque no es lo mismo dejarse llevar por la energía estroboscópica de Maiame durante el día que durante la noche: de día, deslumbra. De noche, cuidado, puede dejarte frito.

Los autores de ambas guías no los encontrarás en la típica Lonely Planet al uso, eso olvídalo ya de entrada. Ilustradores y dibujantes son los que despliegan lo que te espera en Maiame, lo que respiran sus calles, sus gentes: de la miseria a la muerte, del vicio al lujo, de la cotidianidad al absurdo. ¿Quién se acuerda de Miami ahora? Apenas un lejano recuerdo de una ciudad que pasó a mejor vida. Ahora existe otra cosa, ahora hay otro lugar infinitamente más crápula, intenso y abismal al que ir. Olvide Miami. Visite Maiame.

Maiame de día: el desacho de tu alma · Maiame de noche: el diamante que más brilla en la oscuridad.

 

Maiame, libera al monstruo que llevas dentro. Una de las ideas de Miguel Noguera para Maiame