«¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?»

La pregunta pertenece a Jorge Luis Borges y a su prólogo a Crónicas Marcianas, pero las palabras probablemente describen con precisión la experiencia de todo aquel que descubre a Ray Bradbury, de todo aquel que por primera vez se enfrenta a sus seres crepusculares y dorados, a sus planetas llenos de lluvia, de viento y de polvo, a sus escenas que se retuercen y descubren nuevas formas de lo cotidiano. Pero no son esas las únicas emociones que se encuentran en sus cuentos. También hay en ellos una magia extraña, llena de verano rural, de tedio somnoliento, de sorpresa infantil, de intranquilidad hacia lo desconocido incipiente, lo paranormal, lo fantástico, lo aterrador.

Ray Bradbury nació un verano de 1922 en Waukegan, una pequeña ciudad de Illinois que tiene un parque a su nombre y que en los libros de Bradbury se convierte en Green Town. Tuvo una formación ecléctica y siempre alejada de la academia, y además de la literatura de género –sobre todo novela negra, terror y ciencia ficción– fue un lector asiduo de poesía. Dos de sus colecciones de relatos toman su libro de un verso: I Sing the Body Electric! (publicado en castellano como Fantasmas de lo nuevo) es un verso del poema homónimo de Walt Whitman, y The Golden Apples of The Sun toma su título del verso final de un magnífico poema de W.B. Yeats. Estas lecturas convergen en la prosa de Bradbury, a la vez poética y fantástica, tocada por las cadencias de sus autores admirados y por los giros, las situaciones y los temas propios de la ciencia ficción pulp y las revistas antológicas en las que publicó a lo largo de gran parte de su carrera.

Junto a Stanislav Lem, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin y algunos pocos más, Bradbury consiguió atraer sobre el género de la ciencia ficción la atención del mainstream, de la academia y de todo un público lector que de otra manera no se habría propuesto leer “historias del espacio”. A su muerte, en 2012, el New York Times escribió: «Ray Bradbury [fue] un maestro de la ciencia ficción cuyas evocaciones del futuro, líricas e imaginativas, reflejaron a la vez el optimismo y las angustias de su América de posguerra…». A día de hoy, sus historias siguen enseñándose en las escuelas, sus libros continúan encontrando lectores en nuevas ediciones, reimpresiones y antologías, y me atrevo a vaticinar que no pasará mucho antes de que Hollywood vuelva a flirtear con su obra y, solo nos queda cruzar los dedos, alguna adaptación de calidad llegue a la gran pantalla.

Entretanto, proponemos un paseo por las antologías de relatos más famosas de Ray Bradbury en lo que, modestamente, consideramos las dos décadas más fértiles y más prodigiosas de su carrera, en los años cincuenta y sesenta.

Siete colecciones y entre dos y tres cuentos de cada una para cartografiar subjetiva y fugazmente, como una constelación que se ilumina y se dibuja un instante antes de desaparecer en puntos dispersos, una de las mentes más imaginativas y cautivadoras de la ciencia ficción norteamericana y de toda la literatura del siglo XX.

Saltos rápidos:Crónicas Marcianas (1950) | El hombre ilustrado (1951) | Las doradas manzanas del sol (1953) | El País de Octubre (1955)Remedio para melancólicos (1959) | Las Maquinarias de la Alegría (1964) | Fantasmas de lo nuevo (1969)

Crónicas Marcianas: los viajes interplanetarios que nos devuelven a nuestra infancia

Ray Bradbury :: Crónicas Marcianas en una edición pulp de Bantam Boooks

A medio camino entre una colección de relatos y una novela episódica, Cronicas Marcianas (1950) es uno de los libros más importantes de la ciencia ficción del siglo XX y, junto a Fahrenheit 451, la obra más popular y prestigiosa de Ray Bradbury.

Esta crónica de la colonización de Marte se compone de escenas, viñetas y relatos ordenados en una cronología que comienza en enero de 1999, cuando los motores de un cohete convierten el invierno de Ohio en un inesperado verano, hasta (cómo no, el mes favorito de Bradbury) octubre de 2026, en una escena tan memorable como terrible: El picnic de un millón de años. En esas tres décadas, en esas páginas eternas, ocurren dos cosas. La primera: los humanos llegan a Marte, primero tentativamente y con errores mortales, luego en masa y con la imposible seguridad del que se sabe dueño de un nuevo planeta; y la segunda: la ciencia ficción presenta quizás por primera vez una madurez y una ambición inaudita hasta entonces, con un alcance y un campo de acción que, por su propia marginación, el género nunca se había propuesto. Escogemos tres relatos, pero este es un libro para leer entero:

La tercera expedición es un cuento de terror que transcurre en un Marte fantasmal. Los tripulantes del tercer cohete que llega al planeta rojo encuentran un pueblo que coincide hasta el último detalle con los recuerdos de sus pueblos de la infancia. ¿Es un espejismo? ¿Han muerto durante el viaje y están en una suerte de Paraíso? ¿Quizás han perdido la cabeza?… Y quiénes son esos que asoman ahí… ¿es posible que sean sus abuelos, sus familias…?

Si tuviésemos que adivinar dónde se ha (d)escrito Bradbury dentro de su libro, nuestra apuesta sería Usher II. El imperdurable comienzo de La caída de la casa Usher, esa descripción eterna de la mansión que Poe imaginó y que será para siempre la más aterradora de la literatura inspira a un colono en Marte a crear su propia casa Usher. El relato es la manera de Bradbury de homenajear a Poe, uno de sus primeros maestros, y también una forma de reflexionar sobre la censura (al pobre colono le reprochan todo el tiempo la ilegalidad, la incorrección de todas las evocaciones fantasmales y terribles de la casa) y la injusta, condescendiente mirada que siempre cayó sobre los escritores de género.

Finalmente, una pequeña obra maestra hacia el final del libro. Vendrán lluvias suaves prefigura la supervivencia de la tecnología automatizada. A través de una casa inteligente conocemos la vida extinta de una familia que pereció en la guerra nuclear terrestre. Es un milagro de la premonición que Bradbury entendiera en la década del 50 lo que ahora comenzamos a intuir: todos esos protocolos, mecanismos y automatizaciones que nos sobrevivirán cuando la humanidad se extinga, todos esos perfiles de Facebook desiertos con bots dando likes mecánicamente, esos blogs abandonados, esos semáforos prohibiendo y permitiendo el paso a la nada…

Los relatos en la piel nocturna de El Hombre Ilustrado

Un viajero se dispone a leer, tras haber cenado, junto a una carretera de Wisconsin cuando es interrumpido por una figura que aparece recortada en lo alto de una colina. Se trata de un hombre con el que fraternizará durante la noche, un hombre desempleado porque ya ninguna feria quiere darle trabajo. ¿La razón? En las ilustraciones imborrables que cubren todo su cuerpo residen historias que durante la noche se animan y pueden resultar fascinantes… y también aterradoras. Este es el hilo conductor de El hombre ilustrado (1951), otra impecable antología de cuentos que vino a confirmar, apenas un año después de Crónicas Marcianas, que Bradbury estaba en su década más inspirada.

Una de las historias que el viajero observa en la piel tatuada de su misterioso compañero es La ciudad. Un grupo de exploradores llega a una ciudad durmiente como un enorme monstruo mecánico que lleva siglos, quizás milenios, esperando. La llegada de los humanos despierta al monstruo y pone en marcha todos sus mecanismos para medir, pesar y diagnosticar la naturaleza de los visitantes. Un cruce entre la ciencia ficción y el terror que se queda bajo la piel tras la lectura. Y deja al lector herido, asustado y muy, muy impresionado.

A veces la vastedad del espacio es demasiado para la mente humana. En Una noche o una mañana cualquieraun astronauta que atraviesa las profundidades del espacio interestelar comienza a dudar de la existencia de todo lo que no ve.

Y por último, Caleidoscopio: una explosión en una nave espacial envía a sus tripulantes al espacio. Flotan, alejándose, y hasta que la señal de radio de sus trajes se desvanezca y naveguen a la deriva la oscuridad del cosmos, los astronautas conversan. Un momento de terror sin testigos en la oscuridad inconmensurable y la soledad inminente.

Cuatro Doradas Manzanas del Sol

A veces imagino que es 1953 y que abandono una librería con la nueva colección de relatos de Bradbury bajo el brazo. O a veces intento recordar cómo me sentí al leer por primera vez las escenas inolvidables —y no siempre por bellas; en muchas ocasiones, por traumáticas— de Las doradas manzanas del sol. Aquí Bradbury se anima a ser cruel y oscuro en un relato e inmediatamente después ofrecer primeros auxilios al lector sin aliento con otro relato lleno de luz y un poco de poesía.

En La Sirena, el cuidador de un faro asiste al regreso a la superficie de un monstruo eterno. ¿Godzilla? No, esta es una historia… ¡de amor!

La fruta en el fondo del tazón relata el crecimiento lento pero desmedido de la obsesión de un asesino por borrar sus huellas. Un cuento que acaba con nuestras manos cubiertas de sudor.

Imagina que eres cazador. Imagina que no hay bestia en el planeta que te represente un desafío. Imagina que una empresa te ofrece viajar en el tiempo y cazar un dinosaurio: de eso se trata El ruido de un trueno.

Y uno más para cerrar esta colección: la del cuidador de un set de Hollywood que por las noches se pasea por París, por Londres, que viaja por el mundo y por el tiempo en los decorados de madera pintada: El prado.

El País de Octubre, “donde siempre está haciéndose tarde…”

Los 19 cuentos que componen El País de Octubre (1955) conforman un desfile de personajes y situaciones único dentro de la obra de Ray Bradbury. El propio autor lo advierte en el prólogo: «A mis lectores más recientes El país de octubre presentará un aspecto de mi literatura que probablemente no les es familiar, y un tipo de cuento que he escrito raramente desde 1946.» Se trata de un libro que combina de manera única los elementos propios del pulp y de las series antológicas de horror y ciencia ficción  –Twilight Zone, The Veil, Tales from the Dark Side— con la poesía crepuscular y melancólica de Bradbury, con sus estíos rurales americanos, sus personajes obsesivos y nostálgicos, confundidos y curiosos.

Esqueleto nos pasea brevemente por la avanzada hipocondría del pobre señor Harris y su dolor crónico de huesos. Lo que comienza como una simpática neurosis acaba en una inescapable obsesión: su esqueleto es un invasor, un ente enemigo.

En La Jarra, un hombre con pocos amigos y que se siente un extra en su propia vida compra en una feria una jarra con algo extraño flotando en su interior. ¿Es un ser deforme? ¿Un monstruo? ¿Quizás una combinación de cosas que hemos conocido y olvidado? El nuevo dueño de la jarra dedicará las tardes, junto al renovado interés de sus amistades, en divagar sobre la naturaleza del ser.

Y en La multitud un hombre sufre un accidente y, mientras agoniza sobre el pavimento, es rodeado por una multitud de gente. Más adelante, al ser testigo de otro accidente, nota que muchas de las caras que rodean a la víctima se repiten, que la multitud es la misma…

Remedio para melancólicos: un verano de una hora, una familia varada en Marte.

El género de la Ciencia Ficción es famoso por tener una pregunta en el origen de todas sus ideas: ¿qué pasaría si…? La obra de Bradbury es particularmente afín a esta forma de preguntarse cosas, pero sus respuestas son casi siempre menos científicas o especulativas que poéticas, filosóficas y espirituales. Me gusta creer que así nace Todo el verano en un día, un relato muy breve, muy evocador incluido en Remedio para melancólicos (1959) y que parece responder a varias preguntas: ¿Qué pasaría si en un planeta donde ha llovido ininterrumpidamente durante siete años dejara de llover por una hora? ¿Cómo vivirían ese ínfimo y fugaz verano los niños que no han visto nunca el sol, que no han conocido el silencio que sobreviene a la tregua de la tormenta?

Esta antología también nos regresa a Marte. Eran morenos y de ojos dorados nos presenta a la familia Bittering, nuevos colonos en Marte. Su experiencia de adaptación al planeta rojo está siendo complicada, pero saber que cuando quieran pueden comprar un billete de regreso a la Tierra les tranquiliza… hasta que en la Tierra ha estallado la guerra y se han suspendido todos los vuelos, han quedado obsoletos todos los cohetes. La familia cosecha comida terrícola en suelo marciano, construye casas humanas en un planeta extraño, y contempla, a lo lejos, las ruinas vacías y ventosas de las antiguas ciudades marcianas…

Los mecanismos extraños de Las maquinarias de la alegría

Damos un salto de 5 años y llegamos a una nueva colección de relatos que tiene por título Las maquinarias de la alegría (1964).

El primer relato es Bradbury en todo su esplendor: un cuento de terror en el espacio donde lo innombrable tal como lo concibió Lovecraft se narra a través de lo poético y un toque de humor. Algo aguarda en el fondo de un pozo marciano. El resultado es otra visita a Marte que no deja ileso al lector: El que espera.

Otro de los mecanismos extraños que habitan esta colección es un espejismo frágil y colectivo, una ciudad que se aparece en medio del desierto y es todas las ciudades con todos los detalles, pero sólo para quienes saben mirar. Un milagro de rara invención es el costado más tierno de Bradbury, una pequeña moraleja alrededor de una idea tan simple como maravillosa.

 

Abuelas eléctricas y bebés interdimensionales: Fantasmas de lo nuevo

En el último año de los años sesenta apareció Fantasmas de lo nuevo (1969), una antología desigual donde cuentos que parecen experimentos fallidos o la excusa no siempre sutil de Bradbury para homenajear a sus maestros –Ernest Hemingway
en El invento Kilimanjaro; Charles Dickens en Los amigos de Nicholas Nickleby– conviven con relatos que son como desfibriladores para el espíritu y que deberían incluirse entre los grandes cuentos del siglo.

En El pesado asistimos a la vida opresiva y asfixiante de un niño-hombre de 31 años adicto al ejercicio, que raramente sale de su casa, que ha tenido novias que nunca le convencen y que se prepara para la fiesta de Halloween junto a sus amigos del barrio (todos ellos adolescentes). El Pesado vive con su madre y es a través de sus ojos que asistimos al breve episodio de sus vidas: una fiesta que no va bien, una madre que quiere y no quiere que su hijo crezca y un final donde todo cobra un nuevo y perturbador sentido.

Una feliz pareja aguarda el nacimiento de su primer hijo. Durante el parto, una falla de los artefactos eléctricos del hospital causan lo inimaginable: el niño nace perfectamente bien, goza de buena salud pero… habita otra dimensión. La primera línea de El niño de mañana es una trampa inescapable: «No quería ser el padre de una pirámide azul».

Y finalmente, Canto el cuerpo eléctrico, uno de los cuentos más dulces, tristes, tiernos y filosóficos de Ray Bradbury. Agatha, Tim y Tom son tres hermanos que acaban de perder a su madre. Su padre, “medio loco de pena”, recurre a una extraña empresa de robots y adquiere una abuela mecánica de paciencia infinita, de conversación interminable, una abuela que remonta cometas y hornea galletas con predicciones del pasado inmediato…

*

Quizás no haya lista en Internet más parcial, más incompleta, más subjetiva que esta. Su intención no es otra que hablar del viejo Bradbury y de invitar a todos a visitar una librería, una biblioteca o desempolvar un ejemplar de la estantería personal, y leerlo, quizás subrayando los pasajes memorables con el lápiz que hicimos en su honor: «You only fail if you stop writing»